“Aún tenemos la sensación de que él va a volver”, el duro relato de la viuda de Hernán Mendoza, uno de los rosarinos asesinados en Nueva York

Quiero que mis hijos crezcan sin odio ni resentimiento, para que puedan ser felices”. Esa es la frase que repite y resalta Ana Evans, la viuda de Hernán Mendoza uno de los cinco rosarinos que murieron en Nueva York tras ser atropellados en un ataque terrorista el 31 de octubre del año pasado.

La mujer, de 42 años, rompió el silencio luego de que pasaran 80 días desde la tarde en que su vida cambió y quedó viuda con tres hijos de 12, 10 y 3 años. “Yo hablé con él 10 minutos antes del ataque. Pensé que era un accidente, lo llamé mil veces. Pasaron unas 5 horas hasta que supe lo que le había sucedido. Yo creía que lo estaban operando para salvarlo, por eso no me decían nada, pero él estaba en la morgue. Había muerto en el mismo lugar”, recordó.

En una extensa charla con LA NACION, la mujer habló por primera vez sobre cómo vivió las horas de incertidumbre hasta recibir la noticia del crimen. Además, relató cómo es el día a día ahora y la angustia que les genera conocer las novedades de la causa contra el terrorista a través de los medios.

Antes de comenzar la entrevista, Ana mandó a sus hijos a la casa de un vecino. “Es la primera vez que hablo con alguien del tema y no quiero que ellos escuchen o me vean mal. Yo los protejo mucho, trato de no exponerlos. Me genera mucha angustia. Es todo tan doloroso e inexplicable”, sostuvo.

“Es difícil poner en palabras lo que nosotros sentimos. Para nosotros él va a volver, porque lo acompañamos al aeropuerto a un viaje. Aún tenemos la sensación de que él va a volver”, dijo del otro lado del teléfono y agregó: “Las primeras semanas fueron como estar anestesiados. No entender dónde uno estaba parado. Después empezás a sentir un poco la ausencia, pero sin llegar a asimilarla”.

Cinco horas de angustia y esperanza
Ana recuerda en detalle esa tarde y noche del 31 de octubre donde todo cambió: “Yo hablé con él 10 minutos antes del ataque. Ellos estaban almorzando en el Chelsea Market y, como ahí tenía Wi-Fi, hablamos. Ahí es donde nos comparten el video de las bicicletas que se vio en todos lados”.

“Ese mediodía hablamos de casualidad porque yo llegué de trabajar y él estaba ahí en el mercado. Me pasó las fotos de todo ese día. A la mañana habían estado en el Museo Guggenheim, como él era arquitecto y yo también estudié arquitectura hablamos de las fotos. Bromeamos y le dije que le iba a dar tortícolis de tanto mirar para arriba los edificios de Nueva York”, contó. “Después yo le pasé fotos de mi hijo más grande, que estaba de campamento con la escuela, y charlamos de eso. Me dijo ‘Te dejo que vamos a seguir pedaleando’ y me explicó por dónde iban a ir”, agregó.

“Como yo sabía eso, cuando me empiezan a llegar las noticias, pensé: no puede ser, si yo hablé con él hace un rato. No sé cuánto tiempo pasó hasta que recibí el primer llamado”, dijo, mientras hacía una pausa para intentar recordar.

“La primera persona que me llama me dice que estaban pasando una noticia en la tele que habían atropellado a un grupo de personas en bicicleta en Nueva York. Lo primero que pensé es que había sido un accidente. No conozco Nueva York, entonces pensé que era como si pasara acá en Rosario que uno sale andando en un lugar sin ciclovía, ni bicisendas, que tenés que tener cuatro ojos para que no te atropellen. Pensé que había habido un accidente entre dos autos y que uno salió disparado y chocó a la gente en las bicis”, detalló.

Pasaban los minutos y las respuestas no llegaban. “Intenté llamar mil veces. Nadie me decía nada, hasta que me comuniqué con el Consulado argentino en Nueva York alrededor de las 5 de la tarde. Dejé todos mis datos para que me vayan informando”, contó. “Pasaban las horas y no tenía noticias. Entonces yo trataba de pensar que lo estaban operando. Que estaba en un quirófano, que le estaban tratando de salvar la vida. Hasta que finalmente, 5 horas después, me dan la peor noticia”, recordó, conmocionada.

“Él murió en el lugar. El traslado fue a la morgue. La demora fue la que hay por la identificación “, añadió.

Un párrafo aparte les dedicó Ana a los integrantes del Consulado Argentino en Nueva York: “La gente del Consulado fue excelente. Nos sentimos acompañados desde el Consulado desde ese momento hasta el día de hoy que se comunican para saber cómo estamos”.

Ana, a diferencia de otros familiares, no fue a los EE.UU. para identificar el cuerpo de su esposo. “No viajó nadie de mi familia. Me explicaron que no modificaba, ni adelantaba nada si yo iba. Como te dije, mi casa se derrumbó, es ver con mis propios ojos como tu vida y la de tus hijos se derrumba. Ver como se derrumba un proyecto”, explicó. E insistió: “Tenés que empezar a reconstruir, barajar y dar de nuevo”.

Tras la confirmación de la muerte, la viuda de Hernán no tuvo tiempo para procesar su dolor. “En ese momento, comencé a pensar en cómo proteger a mis hijos. Me di cuenta lo que se venía. Ahí, en esos primeros días, sí hice una burbuja. Tanto en el colegio al que va la más chiquita como al que van los dos más grande. Enseguida me comuniqué con ellos porque me preocupaba, sobre todo el varón, que estaba de campamento y no sabía cómo hacer para que no se enterara hasta el otro día que él llegaba del viaje. Ese fue otro de los motivos por los que no viajé. Además, mi hija menor es muy chiquita, ¿cómo la iba a dejar sola?”, indicó.

Cómo explicarle a los chicos
Uno de los desafíos más grandes que tuvo Ana después de la tragedia fue cómo tratar el tema con sus hijos. “Yo hablo mucho con los chicos. Ellos me preguntan. La de 3 años a su manera entiende. Con ella puedo hablar de que el papá está en el cielo convertido en ángel. Esa es la metáfora que yo uso todo el tiempo”, contó Ana, y dijo que la menor le responde “Yo no quiero que papá esté en el cielo”.

Luego, contó uno de los cambios que notó en su hija más pequeña: “Después de lo de su papá, ella es mi sombra, está pegada a mí. Ella habla y me dice ‘mamá yo no quiero que vos también te vayas al cielo'”.

El dialogo con sus otros dos hijos fue diferente. “Ellos tienen acceso a redes sociales, Internet y otra información a través de sus amigos. Entonces los protejo en la medida que puedo, pero la información la tienen, así que converso mucho con ellos”.

El 2017 fue un año de grandes pérdidas para la familia. “Mi papá falleció en abril de 2017. Por eso desde ese momento hasta octubre los chicos empezaron a sentir, en carne propia, lo que era que un familiar se fuera al cielo”, relata Ana.

Para esta mujer, su vida se detuvo y le tocó empezar de cero. “Tengo la inmensa responsabilidad de hacerme cargo de todo ahora que se truncó nuestro proyecto de vida. Yo me vine desde Entre Ríos a Rosario hace 14 años para vivir con él y proyectar nuestra vida juntos. Pero de repente uno se siente en la absoluta soledad”, dijo.

A pesar del dolor, Ana no quiere que sus hijos cultiven rencor. “Uno de mis mayores temores como madre es que cuando ellos tomen real dimensión de lo que pasó tengan odio y resentimiento . Quiero que ellos puedan crecer sin odio y sin resentimiento porque si no, no van a poder ser felices”, explicó. Y agregó: “Cuando mi hija del medio me dice ‘soñé con papá, me hablaba y no estaba muerto en mis sueños’ yo trato de decirle que es una bendición que ella sueñe con su papá, que es una bendición que la visite en un sueño para darle amor”, dijo, entre lágrimas, la mujer de 42 años que trata de seguir adelante mientras se entera, a través de los medios de los EE.UU., cómo avanza la causa contra Sayfullo Saipov, el inmigrante uzbeko de 29 años, que atropelló y mató a su marido y a otras 9 personas.

“Está la soledad de las cuatro paredes de mi casa. No tengo quién acompañe con la crianza de los chicos que, para mí, es una tarea de a dos”, sostuvo. Pero la soledad no es total. Vecinos, amigos y allegados la acompañan en su dolor. “Todo el tiempo la gente nos ayuda. Yo pienso que, si este era su destino y el de todos nosotros, fue por algo. Hernán siempre fue reservado, ni siquiera los cumples le gustaba festejar para no ser el centro de atención. De pronto el destino lo puso en este lugar. Entonces trato de pensar, que si tenía que ser así, en cierta forma se aseguró de que recibamos el afecto y el cariño que necesitamos”, señaló. Y añadió: “El apoyo que tenemos de la gente es enorme. De los familiares, de los amigos, todos a nuestra disposición siempre. En los gestos más mínimos uno lo puede ver y eso forma un círculo de amor que nos sostiene. A los chicos los invitan a la pileta, pijamadas, jugar al fútbol, cumpleaños. Porque la vida sigue”.

Intentar buscar una explicación a la locura
“Me preocupa el tema de cómo falleció Hernán, que fue asesinado por una persona con odio. Uno analiza qué posibilidades tiene, como ser humano, de morir así. Jamás me lo imaginé. Uno no está preparado nunca para la muerte de un ser querido, pero menos aún de esta manera”, dijo entre sollozos Ana, y agregó: “Hay algo que yo no puedo entender, que es lo que este hombre hizo. Como no lo puedo entender, no lo pienso. Si lo hago me meto en un lugar del cual no voy a poder salir y solo voy a sentir bronca y rabia. Yo no puedo vivir con eso”.Ana tampoco quiere dedicar su pensamiento al hombre que cometió el atentado. ” Yo no pienso en el autor del asesinato. Dejo todo en manos de mis abogados. Lo único que quiero es que se haga justicia y que esto no quede impune, ni en el olvido. Eso me daría mucha paz. Además, serviría para demostrarle a mis hijos que la Justicia existe, a pesar de lo que le pasó a su papá”, sostuvo.

“Cuesta poner en palabras lo que uno siente. Yo tuve a mi papá hasta el año pasado. Lo disfruté 42 años. Me da nostalgia que esa figura tan importante, como fue para mí mi papá, ellos no la tengan. A lo mejor, ellos aprender a crecer sin su papá y apoyarse en otras personas. Yo ahora tengo que reconstruir con ellos quién era su papá”, reflexionó Ana.

La escritura como catarsis y las señales de Hernán
“A mí me gusta escribir, así que le escribo a él. Lo que siento y me pasa. Es una forma de hacer catarsis y descargar. Le escribo, le cuento cosas. Hoy más que nunca creo en las señales. Creo que comenzaron hace un tiempo, incluso antes de su fallecimiento”, dijo Ana y detalló: “Hernán el último tiempo estuvo especialmente cariñoso, con detalles y cuestiones que después de 14 años de relación se van perdiendo. En octubre fue mi cumpleaños y me regaló flores. Fue la segunda vez, la primera había sido cuando tuvimos a nuestro primer hijo”.

Ana también aseguró que cree en las señales y mensajes que Hernán les sigue enviado a ella y sus hijos. ” Creo en los picaflores y que cuando uno te visita, te viene a decir que el alma de la persona que amás está en paz. Acá ahora nos visitan picaflores. Estoy convencida de que es así. También una noche pasó algo muy extraño. Era muy de madrugada, se cortó la luz y cuando vuelve la electricidad, empieza a sonar música que venía del comedor. Me despierto y se había encendido el equipo de música y sonaba un tema de Adele que decía ‘Hello in the other side’, que quiere decir ‘hola soy yo desde el otro lado’ o ‘te saludo desde el otro lado’. Si eso no es una señal, ¿qué es? En ese momento lo desenchufé y no lo podía creer”, relató

“A lo mejor, solo yo veo las señales. Así como mi hija lo sueña vivo, es él que la visita. Son cosas a las que uno necesita aferrarse. Hay cosas que nunca hubiera imaginado y no sabés cómo vas a reaccionar. Pero cuando te pasa una cosa así, no sabés ni dónde estás parado. Te descoloca. Te deja desamparado”, dijo y agregó: ” Ahora ya se me fue un poco esa sensación, pero en un principio yo sentía que estaba en el ojo de un huracán donde nada se mueve. Pero si vos ampliás la mirada, todo alrededor te pasa a una velocidad impresionante. Yo sentía que me quedaba quieta ahí por temor a algo, pero tenía que salir de ahí y atravesar la tormenta. Es difícil cuando uno está acostumbrado a hacer todo de a dos”.

Las dificultades legales
Seguir el avance de la causa desde la Argentina no es sencillo. “En la etapa de la investigación penal, a cargo de un fiscal federal, las víctimas no tienen ningún rol. No existe, como en la Argentina, la figura del querellante. Por eso, hemos recibido mucho apoyo de otros colegas de los Estados Unidos y de organizaciones especializadas en terrorismo con las cuales vamos a seguir el caso en todos sus aspectos”, explicó a LA NACION, Juan Felix Marteau, el abogado que patrocina a Ana Evans, y agregó: “En primer lugar, nuestra expectativa es que Saipov reciba la máxima pena prevista en el ordenamiento jurídico federal americano para casos de terrorismo como este”. Esas condenas son la prisión perpetua o la pena de muerte.

“En segundo lugar, tenemos también la expectativa de que la Justicia americana pueda descubrir y sancionar a toda la red operativa que permitió este acto de terror. La experiencia demuestra que no existe un ‘lobo solitario’ que, individualmente, un día se levanta adhiere a una causa religiosa y sale a matar gente. Hay siempre detrás un canal de reclutamiento, un programa de radicalización religiosa, entrenamiento táctico y una actividad de financiación. Este inmigrante de Uzbekistán vivía en Patterson, New Jersey, y queremos saber si existía allí una parte de esta red operativa”, agregó el letrado y detalló que además de la responsabilidad penal este caso puede generar responsabilidad civil para distintos actores y se analiza interponer las demandas correspondientes.

Otra diferencia existente entre la legislación de los Estados Unidos y otros países, como Francia y España , es que allí no hay una ley que establezca algún tipo de indemnización para los familiares de las víctimas de un ataque terrorista. Se necesita una ley del Congreso, que se sanciona para cada ataque en particular y establece los montos a pagar.

“Independientemente de las cuestiones judiciales, nuestro objetivo es darle el mayor amparo que podamos a las víctimas. Sería muy positiva cualquier acción en este sentido de parte de las autoridades públicas y otras autoridades, como las de los colegios donde asisten los niños. Vamos a honrar la memoria de Hernán Mendoza como corresponde”, concluyó Marteau.

por: José María Costa
fuente: La nación